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Tengo en el recuerdo aquellos cumpleaños en los que nos reuníamos alrededor de una mesa, en medio del salón, plagada de botellas de vidrio, manitas ansiosas y desordenadas sobre los platos (que hacía que hubiera más comida fuera que dentro), montañas de sándwiches y, en el mejor de los casos, algún donuts de chocolate que mi madre partía en cuatro.

Recuerdo mi casa llena en cada cumpleaños; los primos eran obligados y los vecinos también, los que tenían restricción eran los amiguitos del cole. Aquella época era mucho del “qué dirán” y, después de marear a la señora María todos los días (porque era la que tenía las llaves de casa que mis padres no nos dejaban), era obligado invitar a Toñín y Angelito, aunque su madre no nos dejara jugar a las chapas en su pasillo.

Recuerdo los cumpleaños como la fiesta nacional en la que yo era EL PROTAGONISTA INDISCUTIBLE.

Sabía que ese día tendría mi comida preferida (mi madre no se cansaba de preguntarme ya una semana antes) y, como no podía ser de otra manera, comería macarrones con tomate; todo el mundo me tiraría de las orejas, me traería un pequeño regalo y me darían esos odiosos tirones de mofletes ¡¡ Por Dios¡¡ qué suerte tienen los niños de hoy… ya nadie les tira de los mofletes, ¡así los tenía yo!

Recuerdo las discusiones con mi madre sobre si se quedaba mi primo Jesús a dormir o no, ahora comprendo lo cansino que llegué a ser año tras año. Al final entendí que se quedó una vez por circunstancias del guión.

Ya sé por qué las madres, todas ellas, recibían el perdón eterno con aquellos cumpleaños. En mi caso, nuestra cocina no tuvo lavavajillas hasta que cumplí los 16 y todos los cumpleaños que recuerdo de aquella época era todo vajilla de cristal o porcelana.

El fin de los ‘cumples’ en casa

Recuerdo los cumpleaños de mis hermanos mayores en la salita al lado de la cocina, pero con el tiempo fuimos pasando al salón; creo que éste fue el motivo por el cual los cumpleaños en mi casa terminaron por extinguirse:

De pronto surgieron nuevos invitados, las familias crecíamos y la salita se hizo pequeña. Mi madre entraba en cólera desde la mañana, no entendía por qué una madre con tanta experiencia en hacer sándwiches y rellenar platos con patatas y gusanitos se ponía tan nerviosa.

Mi habitación se quedaba pequeña para los nuevos invitados y, como creo que todos hemos hecho, salíamos a explorar más allá del pasillo y no entiendo por qué eso no le gustaba a la “Diosa de los Cumpleaños” que era MI MADRE.

Después de un par de cumpleaños, mi madre decidió no hacer más y lo recuerdo como un trauma, porque el resto de niños seguían haciéndolo.

En mi cole había dos niños que debían de ser los que mejor cumples hacían, porque entre nosotros no hablamos de otra cosa, hasta el punto de obsesionarnos con los cumpleaños.

En una ocasión fui a casa del hijo del panadero, que hacía cumpleaños con donuts para todos; cuando llegué a su casa, imaginaros la cara de mi padre cuando le dijeron que yo no estaba invitado…

 

Mi padre le decía a mi madre en la cocina, mientras yo escuchaba desde la salita: “este niño no está bien, tenemos que llevarle al pediatra que nos aconseje”. El pediatra me preguntó, a modo de psicoanalista, por qué hacía tales cosas, lo recuerdo como si me estuviera pasando ahora mismo. Yo, que era un llorica y lloraba por todo, entre sollozos, le dije que quería un cumpleaños como Pablo, el hijo del panadero.

 

La ‘hucha de cola-cao’ y mi primera tirolina

¡Aquello fue como el “Big Bang”! Mi madre se dio cuenta de que mi cumpleaños era un evento que no podía quitarme, pero a la vez ella no estaba dispuesta a que le mancháramos las paredes, el maravilloso suelo de parquet, sus sofás y, por supuesto, a pasarse el día entero preparando sándwiches, tartas de manzana y fregando todo aquello. Así que, con el último bote de cola-cao decidió hacer una hucha, supongo que para pagar los cumpleaños que empezamos a celebrar en el Chiringuito de Mingorrubio, donde todavía recuerdo a los camareros que nos enseñaban a tirar a la rana, nos abrían la puerta de un patio lleno de columpios de hierro y la primera TIROLINA que vi en mi vida, donde hacíamos colas para tirarnos y rompernos los pantalones.

Hoy quiero, para mis hijas, que sigan siendo las protagonistas en su día, su gran evento anual donde juntar a sus amigos del cole, sus primos y sus vecinos ¡Y, por supuesto, sin que sus padres no muramos en el intento!

Israel Martínez, Politólogo, Técnico Deportivo II en escalada y padre enamorado.

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2 Comentarios

  1. Jesus Matinez

    Que grande primo. Yo me quería quedar siempre!!! Suerte en esta experiencia. Dada tu pasión y amor en lo que haces será un éxito. Abrazo grande

    • gekoaven

      Hola Jesús, perdona no me llego este correo antes, estoy haciéndome con la web, me he metido en un lío gigante que ya te contaré. Me ha hecho mucha ilusión tu mensaje. Gracias, espero verte pronto y contarnos cosas.

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